Hace días que tenía marcado en el mapa del celular un pueblo llamado Niofoin, a 57 kilómetros de Korhogo, en el norte de Costa de Marfil. Es una aldea pequeña y rural, pero central para la etnia senufo porque allí hay una construcción tradicional donde habita un fetiche.
En el animismo, los fetiches no son símbolos sino potencias vivas. Objetos o lugares cargados de fuerza espiritual a los que se les hacen ofrendas cuando alguien está enfermo o necesita ayuda. No cualquiera puede conectarse con ellos: suele ser un hombre mayor de la aldea quien cumple ese rol.

El viernes intenté ir a Niofoin, pero cuando llegué al lugar donde salían los transportes, ya era tarde. El sábado me ganó el sueño. Me desperté horas después, convencida de que ya no iba a ir y con muchas ganas de tomar mate. Hasta que algo, llamalo intuición, capricho o simple necedad, volvió a empujarme.
“¿Y si me tomo una moto? Es lejos, pero no imposible.”
Ya era mediodía, pero salté como un resorte. Me embadurné de protector solar y salí a buscar un mototaxi. Hacía 36 grados y el sol me perforaba la piel, pero no me importó. Después de una negociación torpe en un francés limitado, conseguí una moto que me llevaba, esperaba y me devolvía por 30 mil CFA, unos 45 euros.
Salimos de la ciudad y la moto se desvió de la ruta por caminos secundarios. No tardaron en aparecer los pensamientos clásicos del viaje sola: ¿a dónde me está llevando este tipo? Pero cuando frenamos frente a una casa, salieron niños y mujeres a saludarlo. El mototaxista volvió con una campera para él y un casco para cada uno. Primera vez en este viaje por África que alguien se tomaba esa molestia.
Volvimos a la ruta y mi sensación de que esto era una excelente idea se fue evaporando con cada camión que pasaba a centímetros de distancia y dejaba una nube de polvo que hacía imposible ver más allá de pocos metros. El casco empezó a tener todo el sentido del mundo.

Después de una hora y media llegamos a Niofoin. Le indiqué al chico de la moto el techo de paja puntiagudo que reconocía por fotos. Imaginaba un lugar tranquilo, hombres sentados a la sombra y alguna sonrisa desconfiada que terminaría en charla amigable.
Pero nada más lejos de la realidad.
Apenas doblamos, me encontré con un grupo de personas tocando tambores y bailando, y muchas más —sobre todo mujeres— sentadas a cierta distancia. Las miradas fueron inmediatas y hostiles, como si hubiera abierto la puerta de un baño ocupado. Una mujer me habló de mala manera aunque no entendí qué decía.
“Es un funeral”, me dijo el mototaxista con evidentes gestos de preocupación.
Ahí entendí. Para los senufo, los funerales son ceremonias sagradas y prohibidas para personas ajenas. Mucho más para una blanca occidental con una cámara en la mano. Intenté explicar que no sabía del funeral, que solo había venido a ver la construcción tradicional. Después de que una mujer me señalara de mala gana dónde tenía que ir, un niño me acompañó hasta allá.
A unos 200 metros de la ceremonia estaba la casa fetiche que había visto en internet y un grupo de hombres sentados a la sombra. Después de una modesta colaboración para la aldea, me explicaron su historia y pude tomar algunos registros. Pero los tambores no dejaban de llamarme aunque tuviéramos varias construcciones entre medio.
Al rato ya había entrado en confianza, charla futbolera mediante, y todos parecían más relajados conmigo. Aproveché la buena vibra y pregunté si había alguna posibilidad de ver algo del funeral. Un hombre con una camiseta de los Golden State Warriors y sonrisa pícara me dijo: “Podemos caminar alrededor de la ceremonia, pero no te podés detener ni sacar fotos o videos. Está prohibido que haya cámaras. Y tenés que dejar una ofrenda, ¿me entendés?”.
Me reí y acepté, era una oportunidad única. El grupo de niños que me rodeaba desde que llegué a la aldea se peleaban por agarrarme de la mano, al punto de que tenía a varios tomándome diferentes dedos. No soy una persona que se caracterice por el paso rápido, pero ahora lo había desacelerado a la mínima potencia. Necesitaba absorber todos los detalles.

En el grupo de más o menos cincuenta personas, la mayoría eran hombres. Tenían unas telas de colores atadas a la cintura y el torso descubierto. Las pocas mujeres que había también estaban con el pecho al aire. Algunos hombres tocaban unos tambores altos y finitos. Caminaban en círculos en sentido antihorario y pasos bastante parecidos al mío: lento pero constante.
Sin embargo, lo más interesante sucedía dentro de ese círculo. Una persona vestida totalmente de azul y con una máscara similar a un dragón bailaba con movimientos anchos y rápidos, casi como poseído. Esa máscara cumple el rol de ahuyentar a los malos espíritus y acompañar al difunto al mundo de los ancestros. La persona que la lleva no es cualquiera sino un hombre de la sociedad poro. La formación de los poro lleva años y es absolutamente secreta, mientras viven en bosques sagrados alejados de la familia para absorber los conocimientos que les permitan luego hacer de puente entre los dos mundos.

Poder observar una ceremonia así siendo una occidental que cayó de rebote en una aldea rural es absolutamente excepcional. Más allá de cualquier creencia que yo pueda tener, es muy poderosa la energía que circula cuando se llevan a cabo estos rituales. La caminata terminó y el chico de la moto me dio el casco en señal inequívoca de que nos teníamos que ir.
De regreso, ya no me importaron la ruta, el dolor de espalda ni el polvo de los camiones. Aquella intuición que me hizo abandonar un sábado de mate y tranquilidad había tenido sentido. Una vez más.
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